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02.Artº 13.Valle InclánDe hecho fue así, aunque parezca mentira: Don Ramón María del Valle Inclán no llegó a ocupar jamás ese sillón de la Real Academia que indudablemente le pertenecía. Puede ser que a él no le importase demasiado y que ni tan siquiera pensase en ello; aunque ahora, cuarenta y cinco años después de su muerte, nadie ponga en duda que Valle Inclán es una de las mayores figuras de la literatura española de los últimos tiempos, y es motivo de orgullo para nosotros que la tierra gallega sea no solamente aquella donde nació, sino también la inspiradora de la mayoría de sus obras.

Uno de los hermosos cuentos que integran su Jardín Novelesco, y que tituló “¡Malpocado¡”, hirió vivamente mi sensibilidad cuando apenas tenía doce años. Mucho me impresionó la historia de la vieja lugareña que camina con el nieto de la mano.

Aquel niño de nueve años que ya va a ganarse el pan de cada día, mientras la abuela va desgranando una salmodia de consejos en un amanecer frío y triste. De esa fecha ya tan lejana data mi interés y admiración por ese gran escritor que murió en 1936, al mediodía de la víspera de los Reyes Magos, cuando los niños se preparaban para vivir la noche más hermosa, plena de quimeras e ilusión.

Parece ser que aquel día triste y brumoso no lució el sol en Santiago de Compostela. Y don Ramón se murió mientras en el horizonte de España gravitaba ya la más cruel guerra fratricida; aunque él, quizás afortunadamente, no llegó a verla. No le pasó como a don Miguel de Unamuno, a quien mató el dolor de la contienda el último día de aquel año siniestro que acababa de comenzar. Don Ramón no llegó a vivir la guerra, aunque quizás la sensibilidad de su alma la presentía.

LA INCÓGNITA DEL APELLIDO “INCLÁN”.

En la fe de bautismo de Valle Inclán, se confirma que nació el 28 de octubre de 1.866 a las seis de la mañana, siendo bautizado el 31 del mismo mes en la iglesia de San Cipriano de Calogo, de Vilanova de Arousa, siendo hijo legítimo de don Ramón del Valle y de doña Dolores Peña, imponiéndosele los nombres de Ramón, José, Simeón.

 

Los padres de don Ramón residían en Vilanova de Arousa, en “A Casa do Cuadrante”, hermosa vivienda solariega rodeada de camelias y acacias, en donde el escritor nació aquel amanecer de otoño. Pero en la copia de esta acta de bautismo, que tengo ante mi, existe una curiosa nota aclaratoria del párroco de San Cipriano. Dice así: “Debido a su figura extravagante, pintoresca, romántica y genial, se cree que el escritor añadió a su nombre el de “María”, y cambió su apellido “Peña” por el de “Inclán”, seguramente por motivos familiares”. Sin embargo, es muy posible que el nombre de “Inclán” haya pertenecido de algún  modo a  su familia paterna, puesto que su padre, que también tenía aficiones literarias, lo había utilizado también para firmar algunos de sus escritos.  De todos modos, “Inclán” no es corriente en España, aunque lo es bastante en México, a donde don Ramón se trasladó en cuanto terminó sus estudios de Derecho, permaneciendo en la capital azteca ejerciendo de periodista, aunque también se afirma que militó como soldado.

 

LAS TERTULIAS MADRILEÑAS.

Pero lo cierto es que, tras su estancia en el extranjero, fijó su residencia en Madrid, rodeándose de una tertulia de admiradores que escuchaban atónitos cuanto el escritor les relataba llevado de su imaginación desbordante. Sin embargo, muchos sabían que las aventuras que Valle Inclán contaba sobre el marqués de Bradomín, de muy buena gana hubiera querido vivirlas él mismo, y así también comprendían que hacía su propia descripción física cuando hablaba del “feo, católico y sentimental” personaje de sus Sonatas:Este que veis aquí de rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba, soy yo”.

Y él era así en realidad, cuando cruzaba resuelto por las calles pintorescas de aquel Madrid de finales de siglo, con sus largas melenas al viento y su innato aire bohemio, vistiendo siempre de negro, como un quimérico personaje arrancado de la Corte de Felipe II.

González de la Serna dijo en aquellos tiempos que Valle Inclán era “la mejor máscara a pie que cruzaba la calle de Alcalá”. Mientras que Antonio Machado,  que siempre sintió por él una gran admiración, hizo constar que era ”un bohemio cuidadoso de su vestido y de su limpieza, y que tenía una elegancia verdaderamente espiritual”.

 

En realidad, era un hombre cortés, valiente; pero, aunque lo disimulaba bastante bien, un poco tímido. A veces, la penuria de su vida de escritor le llevaba a empeñar una y otra vez aquel reloj de oro, de bolsillo, que había heredado de su padre. Y lo hacía avergonzado, mostrándolo silencioso e indeciso al prestamista que le entregaba a cambio una papeleta y unas exiguas monedas. Cuando ésto sucedía, don Ramón perdía su habitual  locuacidad, permaneciendo pensativo en las tertulias, expresión que aumentaba cuando instintivamente se llevaba la mano al chaleco donde el reloj no estaba ya. Esbozaba entonces una incierta sonrisa, mientras decía con inevitable tristeza:

“Ya no sé en qué hora me muero”. Al recordar estos hechos, es inevitable el pensar que hay demasiada realidad en las frases que él puso en boca de uno de sus personajes de Luces de Bohemia, que dice así: “Te has muerto de hambre, como yo voy a morir, como moriremos todos los españoles dignos¡. ¡Te habían cerrado todas las puertas y te has vengado muriéndote de hambre¡.¡Bien hecho¡.¡En España es un delito tener talento¡”.

Así era aquel hombre que, al igual que Cervantes, perdió su brazo izquierdo; pero si el autor de “El Quijote” quedó manco en una gloriosa batalla, Valle Inclán perdió su brazo en una pelea en el Café “La Montaña”, pues cuando se exaltaba perdía su habitual aplomo e intervenía en las más trepidantes camorras.

Un remanso en su azarosa vida fue el amor; pero aunque llegó un poco tarde,surgió arrollador, esplendoroso. Y el hombre de 41 años se enamoró con el apasionamiento de un adolescente. Era el 24 de agosto de 1.907 cuando se casó con Josefina Blanco, a la que había conocido actuando de dama joven en el Teatro de la Comedia.

 

MUERTE Y RECUERDO

La muerte llegó hasta el tras la dolorosa enfermedad renal que de un modo implacable iba minando su existencia. Aquella larga agonía le hizo exclamar momentos antes del fin: “¡Cuánto tarda esto”¡.

Y despues, nada. ¡Todos los niños de España soñaban con los Reyes Magos, pero don Ramón María del Valle Inclán, acababa de morir!.  La infausta noticia corrió rauda por Santiago de Compostela hasta llegar con un triste estremecimiento hasta Madrid. A todos sobrecogió la muerte del escritor y poeta, mientras que, en Salamanca, don Miguel de Unamuno, sin intentar ocultar las lágrimas que bullían en sus ojos, se lamentó: “¡Ha muerto el forjador del idioma¡”.

Al día siguiente tampoco lució el sol, y se le enterró en el cementerio de Boisaca, entre un silencio respetuoso y profundamente emotivo.

 

Pasó el tiempo y, hace exactamente cinco años, durante una breve estancia con mi marido en Madrid, nos sentimos sorprendidos cuando en uno de nuestros paseos nos encontramos casi frente a frente con una hermosa estatua en bronce de Valle Inclán, en  la que parece caminar pensativo con una mano a la espalda, y en ella el sombrero. Pero lo que particularmente llamó nuestra atención fue que, colocado cuidadosamente a los pies de la escultura,  se encontraba un hermoso ramo de flores que tenía prendida una tarjeta. Era de un matrimonio gallego que, de este modo, quería testimoniar su recuerdo y admiración al gran escritor desaparecido. ¡Aquella mañana pertenecía al día de Reyes¡. De esta forma se conmemoraba el cuarenta aniversario de su muerte.

Y en aquel momento, ante la estatua y las flores, recordé con sentimiento, rememorándolo como una oración, el hermoso soneto que un día ya muy lejano escribió para él, el poeta nicaragüense Rubén Darío:

 

“Este gran don Ramón, de las barbas de chivo,

cuya sonrisa es la flor de su figura,

parece un viejo dios, altanero y esquivo,

que se anima en la frialdad de su escultura.

El cobre de sus ojos por instantes fulgura

y da una llama roja tras un ramo de olivo,

tengo la sensación de que siento y que vivo

a su lado una vida más intensa y más dura.

Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta,

y a través del zodíaco de mis versos actuales

se me esfuma en radiosas visiones de poeta

o se me rompe en un fracaso de cristales.

Yo le he visto arrancar del pecho la saeta

que le lanzan los siete pecados capitales”.

 

 

firma_josefina

El Ideal Gallego, 18 de Enero de 1981

 

Josefina López de Serantes

 

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